Fue una semana de
nervios y un elevado estado de ansiedad continuo. Le costaba conciliar el sueño y un nudo en el estómago le
impedía comer con normalidad, lo que su figura agradeció.
Amaneció el gran
día y tras una jornada de trabajo, aparentemente normal, en la que su cabeza
giraba trazando círculos a más velocidad que su propia obra, tocaba ultimar preparativos, asegurarse de que no se
olvidara nada y lucir espléndida o, por lo menos presentable, para la ocasión.
Rodeada de amigos,
familiares, compañeros y una fantástica editora afrontó con decisión el instante
tan ansiado y, al mismo tiempo, tan temido.
Todos los
asistentes reunidos, silenciosos, expectantes, los más allegados orgullosos, y a
la vez sufriendo, cruzaban los dedos para que fuera un éxito, pendientes de ella,
una aprendiz de escritora que había ido
allí exclusivamente a hablar de su libro, era su momento, un sueño que se hacía
realidad.
Los nervios de los
días anteriores disminuían de forma inversamente proporcional al avance de las
agujas del reloj. Todo el trabajo estaba hecho, preparado y solo restaba
mostrarlo al público.
Según avanzaba en
su presentación fue ganando en seguridad, confianza en sí misma y en su obra,
estaba exponiendo al público algo en lo que creía, valoraba, a lo que había
dedicado muchas horas y en lo que había puesto mucha ilusión y, sinceramente
creo que consiguió transmitir a los allí presentes esas sensaciones.
A partir de ahí el
sueño se hizo etéreo y comenzó a flotar en una nube de ilusión e incredulidad a
la que todavía se aferra con fuerza y de la que no quiere descender del todo.
Este relato,
basado en hechos reales, es una historia de ilusión, de felicidad y de sueños
cumplidos. No encaja en mi temática
habitual, lo sé, no hay muertos ni sangre, de hecho nuestra aprendiz de
escritora fue aclamada y felicitada, no había ninguna excusa para cargarse a
nadie.
Así que aprovecho para dedicar este relato a mi padre que sigue buscando
en mi Orbis Verbum… un relato de los de “…fueron felices y comieron perdices”.





